martes, 12 de febrero de 2013

Trinchera - [Cuento]

          Cuando empezaba a buscar entre mis viejas notas de papel arrugado, en el estante a la derecha, al fondo de todos mis libros, encontré un día una empolvada libreta. La razón por la que estaba buscando dentro de mis vetustos escritos y antropológicas verdades, ni si quiera yo aún puedo recordarla sin tener que volver varios días atrás, como si poco a poco la memoria me estuviese jugando tretas y barahúndas que en mi mente se van haciendo imposible resolver, así que probablemente desvaríe en la veracidad de ciertos acontecimientos. Siguiendo la línea de la historia (aunque a estas alturas más que una simple línea, sea un río caudaloso cuya vertiente se ha ramificado como las ramas de un árbol frondoso), debiera haber despertado a las 8am, porque a esa hora comenzaba el partido de ya no recuerdo que equipos, aunque mi reloj marcaban las siete de la mañana en punto, yo sabía que eran las ocho, y si bien recordaba, ese mismo día se cambió la hora de los relojes. Hasta esa tarde había permanecido mirando hacia la ventana en mi sillón de terciopelo, tomando un grato café boliviano granulado con dos terrones de azúcar. Afuera, todo era tranquilidad y ningún alma se veía cruzar por las calles, fue allí cuando tomé uno de los libros que permanecían dentro del estante, un estante que albergaba una gran cantidad de novelas, códigos civiles, cuentos, poemas y ensayos que había realizado hace bastante tiempo, libros que ya en mi vida había podido leer y degustar todos, excepto uno que se me había pasado por alto. Logro ver entonces que me levanté por no recuerdo cual carajo razón y dejé la lectura que en ese momento entretenía a mis cristalinos y sedientos ojos. Del libro sólo logro recordar que trataba de un hombre de caballería, aunque la narración parecía ser más bien una ironía, sobre todo en uno de sus grandes discursos donde sentado en una mesa todos los oían. Cuando ya me encontraba de pie, había perdido la hoja en la que estaba leyendo. Caminé un par de metros y tropecé con una mesa de vidrio que sustentaba recuadros con marco de oro y detalles forjados a mano, todos de valiosos momentos que debí de haber vivido pero que no recuerdo. En un pequeño cofre al centro de todo, se encontraban dos anillos de diamantes, relucientes como ninguna otra joya. Un más puro sentimiento de vida llamó a mi reminiscencia y después de treinta años, volvía a contemplar las armas que yo sostuve y que llegué a aborrecer, pero que no podía botar, no podía olvidar, no podía deshacerme de ellas, porque formaban parte de mí. En ese tiempo, mi afición por la lectura no era menor que la de mi hermano y los días que llevábamos atrincherados bajo el cielo nublado cubierto de azufre, los cercos con alambre de púas, bajo los charcos de lodo y conviviendo con las ratas, nos volvía cada vez más cercanos. En los intentos por ganar terreno, nuestra compañía debió lanzarse al ataque y mi hermano fue destinado a ser carne de cañón, lógicamente fue fusilado y mutilado por una guerra de intereses individualistas y estúpidos. La única medalla que logré rescatar de su cuerpo ensangrentado, me recordó siempre la infancia que tuvimos juntos. Corríamos por kilómetros y kilómetros el campo abierto de unos parientes, me parece mucho que hermano de mi papá, y siempre nos gustaba salir a correr por la yerma, la pradera, el río y el páramo más allá del bosque subiendo las montañas, entonces el recuerdo se me hace difuso y entrecortado como en una de aquellas antiguas televisiones que más que un sofisticado aparato electrónico parecían una caja, de esas que uno tenía miedo tocar por no saber que miéchica estaba haciendo. Pero lo que si puedo dibujar en mi mente es la silueta de un hombre, que se me hace muy conocido, y que aparece en reiterados recuerdos esporádicos, pero sólo aparece esa silueta de donaire, de gallardía, como si su postura misma impusiera respeto y al cual yo admiraba, tenia un leve olor a naftalina. Entonces después de aquellos años mozos, de infancia donde mi padre aún me cargaba en brazos, donde mi madre aún podía darme la comida y me regañaba a escondidas si yo mojaba la cama, después de ese tiempo yo aprendí a saber lo que era el peso de una moneda, el sudor que costaba y lo mucho que había que embarrarse para conseguir un puñado que no alcanzaba ni para el kilo de pan. Don Jaime, un terrateniente y dueño de fundos famosos en la zona nos contrató para los trabajos en siembra y curtiembre de sus tierras y ganado, simplemente era un latifundista más, como ya había de aquellos en todas partes, y que nadie les podía decir absolutamente nada, nadie se atrevía a alzarle una sola vez, la voz al patrón. Estábamos con el azadón a un pleno sol –que picaba más que el mismísimo infierno- y por sobre nuestras cabezas aparecieron esos aparatos voladores que parecían perseguirse como si el zorro siguiera al conejo, pero las maromeras descontroladas del primero, lo llevaron a estrellarse en toda la pampa, los días posteriores gente vestida de trajes uniformados llegaron a sitiar el lugar. Me registraron a la fuerza en el ejercito, y después de pasarnos unas cuantas pilchas, y un arma de esas que veías sólo en la caja de imágenes, donde la gente se mataba por amor a su patria, ¡patrañas!, si vivimos todos en la misma tierra, ¿por qué mierda nos quitamos los ojos unos a otros?, porque somos pusilánimes y menesterosos. Por suerte que puedo hablar conmigo mismo, sino ¿quién escucharía las palabras de este viejo loco?, como dicen rostros que habitualmente veo por aquí, rostros que por más que me esmero no logró reconocer. “¿Quién soy yo?”, me han estado preguntando todos estos días, y yo siento que mi cara expresa una inexorable lástima y algo de estupidez, la expresión de un viejo demacrado, chiflado y “cuentero”, como me dice un chamaco que me llama abuelo. Y yo pienso: ¿Qué recresta me importa a mí?, suelo soltar un chiflido como si me estuviera desinflando y muevo la cabeza de izquierda a derecha, mientras lanzo una mueca de incomodidad y una mirada que encuentra cobijo mirando a un punto fijo en el fondo de la pieza. La pintura amarilla de la pared se estaba descascarando. Me levante en cuclillas para alcanzar la libreta que había encontrado el día anterior, pero que dejé en el mismo lugar para cuando se me apeteciera echar una mirada, la verdad es que resultó ser el único texto que no me habré leído de toda mi colección, y es que cuando joven empezaron a llegarme cuantos libros podía imaginarme e intenté que ninguno se me pasara por alto, pero lo que me tenía realmente inquieto era lo que podía decir esas pequeñas paginas que no serían mas de cincuenta y cuya edición se habría emitido hace ya más de ocho años, tenía una cobertura rígida y dura, su textura parecía como si estuviera pasando mi mano sobre una superficie áspera y la impresión dorada de sus letras con sus hendiduras y enclaves perfectamente colocados, su plateado color metálico, y cuando lo abrías emitía un profundo olor a humedad de entre sus hojas. Se me contrajo el corazón y se me apretujó el alma, mi mano que ya se había estirado para alcanzar en lo alto la libreta tuvo que bajar bruscamente para estrujar mi pecho oprimido, como si la sangre me fuese a reventar de entre mis venas varicosas, mis ojos saltaron de expectación y mi rostro entero expresó una queja en su silueta, un sonido casi sórdido salio de mis labios y todo el mundo comenzó a girar a mi alrededor, los muebles y las personas se movían de una lado a otro y yo no podía mantenerme en pie, las fuerzas me estaban abandonando y todo el vigor que tuve alguna vez en el campo de batalla cuando me alcé en contra de un campo minado enemigo, frente a un ejercito que nos superaba en un número de tres a uno, donde el comandante a cargo de la misión no era más que un jovenzuelo que no tendría más que mi edad y que parecía a penas capaz de poder sostener el arma, toda esa fuerza ahora me estaba abandonando y ya no pude mantenerme en pie, caí de un taburete café y pequeño de donde estaba arrimado y di con el suelo como un costal de harina, de esos que uno tenía que cargar al hombro cuando la mula no quería andar (porque cuando se echan, no hay diablo que la haga avanzar), y todo el ruido que provoqué remeció toda la casa de madera antigua, donde un rechinido se escucha en toda la cuadra, y las personas llegaron a mi alrededor viendo espantados como yo estaba tirado en el piso, con una mano en el pecho y cerrando de a poco mis ojos. La libreta también cayó conmigo, y la primera frase que alcancé a leer decorrido era: técnicas para ser feliz, no olvides sonreír. Resulta que jamás hubo guerra, ni tampoco campo, ni en mi vida he sostenido un arma, pero si estaba a punto de morir, ¿por qué no recordar a este viejo en un segundo o en un haz de luz toda una vida como me habría gustado tener?, ¡patrañas! merecía tener una historia digna que por lo menos contar, ¿Y contar a quien?, ¿contar a quien?

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